jose antonio marinaJosé Antonio Marina, uno de los principales impulsores de la implantación de la Educación para la Ciudadanía desarrollada en la LOE española, justifica muy a menudo, en escritos y conferencias, la absoluta necesidad de la asignatura basándose en un dicho indígena que reza “para educar a un niño, hace falta la tribu entera”. Tanto es así que su reciente iniciativa denominada “Movilización Educativa” cifra como su primer objetivo “Explicar a la sociedad que la educación es un asunto de todos. De ahí su lema: ‘Para educar a un niño, hace falta la tribu entera’.”

He seguido la producción científica de Marina desde su genial “Teoría de la Inteligencia Creadora” y tengo que reconocer, sin ser ningún experto, que su deriva enciclopedista, procurando armar unitariamente todas las dimensiones humanas, me ha ido decepcionando hasta el punto de hacerle caer, a mi juicio, en trampas que él mismo ha ido fabricándose. Y me refiero ahora al citado lema que alienta su trabajo últimamente: ‘Para educar a un niño, hace falta la tribu entera’.

Cuando el profesor Marina, con todos mis respetos, hacer valer el dicho indígena en nuestra sociedad merece una calificación que va desde el anacronismo hasta el disparate. Y me explico. La formulación del principio ‘Para educar a un niño, hace falta la tribu entera’, se hace, evidentemente, desde una realidad social en la que la tribu es una estructura predominante. Y sin pretender entrar en antropologías culturales, estaremos de acuerdo en que la tribu es un sistema social que comparte una serie de valores y distribuye, de acuerdo con ellos, sus cometidos entre sus miembros. Las tribus eran -y son- sistemas cerrados fuertemente cohesionados donde el rango, la permanencia o la expulsión son puestos a prueba a diario en función de los objetivos comunes y distintivos. No hace falta remontarnos en el tiempo para constatar que las guerras más atroces son las guerras tribales.

¿Es válido, por tanto, el principio? A mi juicio, es válido en su formulación, pero no en su aplicación. Coincido en que la educación de los jóvenes se beneficia del concurso de “toda la tribu”, esto es, de su entorno “tribal” en el sentido de las personas que conforman su núcleo social caracterizado por una serie de principios y funciones coherentes y admitidas por todos. Ahora bien, así como las tribus se encuentran segregadas en distintos territorios y las mutuas invasiones provocan grandes conflictos, en nuestra sociedad occidental no podemos presuponer que la cercanía en la convivencia física -peaje de la modernidad- conforme, por sí misma, estructuras tribales. Más aún, en nuestra sociedad actual se produce el hecho de la convivencia simultánea de “tribus” significativamente opuestas -porque sus principios, valores, normas y fines llegan a ser muy dispares e incluso adversos- en espacios no ya limítrofes, sino comunes. Esta realidad, fruto del progreso, no es en sí misma beneficiosa ni perjudicial. Exige, eso sí, un grado de respeto y tolerancia suficiente para garantizar la convivencia pacífica.

Dicho lo dicho, y si me ha seguido hasta aquí el lector, debo poner de manifiesto que, en efecto, “para educar a un niño, hace falta la tribu entera”. Ahora bien, es preciso el concurso de SU tribu, no de la maraña de tribus -con distintas concepciones de la vida, principios, valores, normas y finalidades, que son, precisamente, las características distintivas de las “tribus”- que pueden llegar a conformar su entorno físico y social.

Es en este sentido cuando no admito que se considere que la “tribu” de mis hijos esté formada, además de por sus familiares directos, por la programación televisiva, los medios de comunicación, los profesores que la administración disponga, los políticos y sus leyes municipales, autonómicas o estatales. La “tribu” de mis hijos estará, por el contrario, constituida por las personas que compartimos una misma visión del mundo, unos principios morales, sus correspondientes normas y fines y, sobre todo, una cariño mutuo y un deseo de permanecer como unidad diferenciada -como “tribu”- sin menosprecio de otras concepciones de la vida y de las personas que procuran ponerlas en práctica.

Para educar un niño -y para educar a toda persona, añado yo- hace falta toda la tribu. Pero SU tribu natural, a la que pertenece por compartir valores, normas y finalidades. No pretenda, profesor Marina, hacerme creer que usted pertenece a mi tribu y tiene derecho a decir a mis hijos cómo deben comportarse para ser felices, que los programas de TV que procuro evitar que deformen a mis hijos son parte de mi tribu, que el Estado, a través de la asignatura de Educación para la Ciudadanía pertenece a mi tribu y tiene el derecho -¡y el deber!- de educar a mis hijos. No se confunda. Hace falta toda la tribu, pero no la suya: sino la mía. Que para dichos y expresiones, yo me quedo con el más tradicional “cada uno en su casa, y Dios en la de todos”.

 

Mariano Bailly-Baillière Torres-Pardo