Alejandro Llano en La Gaceta (21/09/2009)
A la hora de pensar en la posible salida del atolladero donde ahora se encuentra España, destaca a corto plazo la economía, pero —a poco que se reflexione— se advierte que la clave de un porvenir normalizado y fecundo no es otra que la educación. En el trasfondo de las patologías que aquejan a nuestro país se acaban siempre detectando graves carencias de formación tanto intelectual como ética y política. El español actual se encuentra inerme porque no sabe qué hacer ni con su vida ni con su patria. Por eso su resignación y su docilidad al poder llama la atención a los extraños: carece de recursos teóricos y prácticos, como secuela de una educación muy deficiente.
El mal viene de atrás. Durante la dictadura no había interés institucional en mejorar la enseñanza, porque los estudiantes eran potenciales enemigos del régimen y más valía que se movieran en un cierto ambiente de mediocridad, para que sus objetivos fueran casi exclusivamente profesionales o lúdicos. La transición democrática absorbió después las fuerzas de un pueblo al que no le sobraban energías cívicas. Mientras gobernó el centro y la derecha, se confirmó el despego de los conservadores respecto a la ciencia y la cultura, que nunca fue para ellos una preocupación seria. De los socialistas se esperaba —o se temía— que fueran fieles a su presunta raigambre ilustrada. Pero no ha sido así. Consideran la educación como un instrumento para captar adeptos y para influir en las mentalidades jóvenes. No sin razón, piensan que la educación no es necesaria —ni conveniente— para una tarea que conciben, sobre todo, como adoctrinamiento y manipulación.
El resultado de este abandono de la instrucción está a la vista. Ha trascendido incluso internacionalmente. Cada año, nuestra posición en las evaluaciones mundiales de la educación se sitúa en un lugar más retrasado. Estamos a la cola de los países de la OCDE y no se observan por ningún lado síntomas que anuncien un florecimiento próximo. En lugar de brotes verdes, lo que tocamos es un leño cada vez más seco y revenido.
Es preciso que la educación cambie de manos. En otros países hay una tradición brillante de enseñanza pública. Pero, entre nosotros, nadie espera que los responsables de las administraciones lleguen a preocuparse de la educación y, mucho menos, a dedicarle los ingentes recursos que se le asignan en países más adelantados y cultos. Desde luego, la solución no es la de entregarla al mercado, porque no hay nadie que espere obtener rendimientos económicos de la dura tarea de educar. Vemos, también en este campo, que han de ser comunidades y grupos de la sociedad civil quienes deben acudir a la brecha sangrante por la que este país se debilita más y más. Se podría sospechar que tal planteamiento aboca a una petición de principio. Porque ¿quién educará a los educadores? Pero, afortunadamente, siempre hay minorías que se salvan del fracaso intelectual y son capaces de replantear una dinámica formativa que acabe por convertir un panorama desertificado en tierra fértil.
La enseñanza no se arregla con la sucesiva aplicación de fórmulas arbitristas. Llevamos años de una dinámica en la que los errores pedagógicos se han ido agudizando a base de unos planes radicalmente equivocados. Por simplificar: el espíritu pragmatista y baldío de la LOGSE ha resecado todos los niveles educativos, desde la enseñanza infantil hasta la universitaria. El mayor error —entre muchos y muy graves— ha sido desprestigiar a los profesores, que son la pieza clave de la enseñanza. Se les ha masificado, criticado, despreciado, malpagado y, finalmente, se les considera ahora como superfluos. Sólo faltaba que se les quisiera nombrar “autoridades” para que su sensación de ridículo fuera ya terminal. ¿Les van a poner un tricornio o un gorrito de visera?
El deterioro y la instrumentalización de la enseñanza son irresponsabilidades gravísimas. Pero los que incurren en ellas ni siquiera entenderán de qué estoy hablando. De ahí que haya que cesar de referirse a ellos, y apoyar a los docentes y a algunos padres para que acepten el reto de conseguir que en España comience existir, por fin, una educación digna